Una canción que suena inquietantemente parecida a la banda de britpop Oasis, pero creada con la ayuda de inteligencia artificial, ha superado el millón de reproducciones en Spotify, reavivando un acalorado debate en la industria musical. El proyecto, llamado Breezer, y su tema «The Golden Hour» se han convertido en un fenómeno viral, pero su éxito ha llevado a figuras influyentes del sector a exigir una mayor transparencia y un etiquetado claro para la música generada por IA, argumentando que los oyentes tienen derecho a saber si lo que escuchan es obra de un humano o de un algoritmo.
Un ‘Oasis’ artificial que conquista Spotify
Detrás de Breezer se encuentra el músico y youtuber Bobby Tank. A finales de abril, Tank decidió experimentar para ver si podía crear una canción que capturara la esencia de la «época perdida» de Oasis de 1995-97. Para ello, compuso y grabó él mismo toda la instrumentación: guitarras, bajo y batería. Sin embargo, recurrió a la inteligencia artificial para dos elementos cruciales: la generación de las letras y la creación de una pista de voz que imitara el icónico timbre de Liam Gallagher.
El resultado, «The Golden Hour», fue publicado y rápidamente ganó tracción en YouTube, TikTok y, finalmente, en Spotify. El asombroso parecido con el sonido clásico de Oasis no solo cautivó a los fans, sino que también llamó la atención del propio Liam Gallagher. Lejos de mostrarse ofendido, el excantante de Oasis elogió la creación en la red social X, escribiendo que era «mejor que toda la otra basura que hay por ahí», según recogió The Guardian.
Este éxito viral ha puesto de manifiesto el potencial de la IA como herramienta creativa, pero también ha abierto una caja de Pandora sobre la autoría, la originalidad y la honestidad en la música.
La industria musical pide transparencia
El caso de Breezer ha servido de catalizador para que importantes voces de la industria exijan un sistema de etiquetado obligatorio para la música que utiliza IA. Uno de los principales defensores de esta medida es Ed Newton-Rex, un exdirectivo de Stability AI y TikTok que ahora dirige la organización sin ánimo de lucro Fairly Trained.
En declaraciones a The Guardian, Newton-Rex establece un paralelismo con la industria alimentaria: «Los consumidores quieren saber qué contienen sus alimentos. Por eso tenemos etiquetas para productos orgánicos o de comercio justo. La música no debería ser diferente». Su organización, Fairly Trained, busca certificar modelos de IA que han sido entrenados con datos obtenidos con el consentimiento explícito de los creadores originales, promoviendo un uso ético de la tecnología.
En una línea similar se posiciona Roberto Neri, director ejecutivo de la Ivors Academy, la asociación británica de compositores y letristas. Neri ha propuesto la creación de un «sello de calidad» (o «kite mark», en su término original) que identifique claramente la música creada por seres humanos. «Es una cuestión de transparencia y de proteger el valor de la creatividad humana», afirmó. El temor de Neri, compartido por muchos en la industria, es que una avalancha de contenido generado por IA pueda saturar el mercado, devaluando el trabajo de los artistas y complicando el sistema de reparto de derechos de autor.
El dilema de la música híbrida: ¿es suficiente una sola etiqueta?
El debate, sin embargo, es más complejo de lo que parece. El propio creador de Breezer, Bobby Tank, argumenta que una etiqueta genérica de «IA» sería reduccionista e injusta con su trabajo. «Yo compuse la música, toqué los instrumentos, produje la canción… La IA fue solo una herramienta más, como un sintetizador o un software de edición», explicó al medio británico. Tank sugiere que, en todo caso, se necesitarían etiquetas más específicas, como «voces generadas por IA» o «letras asistidas por IA», que reflejen con mayor precisión el grado de intervención humana.
El caso de «The Golden Hour» es un ejemplo perfecto de música híbrida, donde la colaboración entre humano y máquina desdibuja las fronteras. Esto plantea una pregunta fundamental: ¿dónde se traza la línea? ¿Debería etiquetarse una canción si solo se usó IA para masterizar el audio, o para sugerir una progresión de acordes?
Este no es el primer episodio que genera controversia. En 2023, una canción llamada «Heart on My Sleeve», creada por un productor anónimo bajo el seudónimo «Ghostwriter», se hizo viral por usar IA para replicar las voces de Drake y The Weeknd. Aunque fue retirada de las plataformas de streaming por reclamaciones de derechos de autor, el incidente demostró el poder y los peligros de esta tecnología.
Las plataformas y discográficas ante el nuevo paradigma
Los gigantes del streaming y los grandes sellos discográficos son conscientes de que no pueden ignorar el tsunami de la IA. Tanto Spotify como YouTube están desarrollando activamente sus políticas. YouTube, por ejemplo, ya ha implementado una norma que exige a los creadores que indiquen si su contenido presenta alteraciones realistas o es sintético.
Las discográficas, por su parte, mantienen una postura ambivalente. Universal Music Group (UMG), que lideró la ofensiva para retirar «Heart on My Sleeve», anunció meses después una colaboración con Endel, una empresa de «IA ética» que crea paisajes sonoros personalizados. Este cambio de estrategia, de la confrontación a la colaboración, refleja la complejidad de la situación: las discográficas ven la IA como una amenaza a sus derechos de autor, pero también como una poderosa herramienta de futuro.
El debate está lejos de concluir. Mientras la tecnología avanza a un ritmo vertiginoso, la industria musical se esfuerza por encontrar un equilibrio que permita la innovación sin socavar los cimientos de la creatividad humana y la compensación justa para los artistas. El inesperado éxito de una banda de «Oasis» que nunca existió ha dejado claro que estas conversaciones no son un ejercicio teórico, sino una necesidad urgente en el presente de la música.






