Los fabricantes de chips en EE.UU. podrían recibir un crédito fiscal del 35% si se aprueba la nueva ley de gasto de Trump

Droids

Updated on:

La industria de los semiconductores en Estados Unidos podría estar a punto de recibir un impulso fiscal sin precedentes. Un nuevo proyecto de ley de gastos impulsado por la administración Trump, que ya ha superado su primer gran obstáculo en el Senado, propone aumentar considerablemente los incentivos para las empresas que fabriquen chips en suelo estadounidense. La medida elevaría el crédito fiscal del 25% actual a un 35%, una cifra que podría cambiar las reglas del juego para gigantes como Intel, TSMC y Micron Technology.

Esta propuesta, detallada en un borrador legislativo apodado «Big, Beautiful Bill», llega en un momento crucial. Mientras el gobierno estadounidense ofrece esta «zanahoria» para fomentar la producción nacional, también aplica el «palo» con duras restricciones a la exportación de tecnología avanzada a China. Estas limitaciones ya han comenzado a pasar factura a los principales actores del sector, que ven en este nuevo crédito fiscal una posible compensación y un claro mensaje sobre las prioridades estratégicas de Washington.

Un aumento significativo en los incentivos fiscales

El núcleo de la propuesta es directo: por cada dólar invertido en la construcción y equipamiento de una nueva planta de fabricación de semiconductores en Estados Unidos, las empresas podrían deducir 35 céntimos de sus impuestos. Según un artículo publicado por TechCrunch, que cita un informe original de CNBC, este aumento de 10 puntos porcentuales sobre el 25% existente busca acelerar la relocalización de una de las industrias más críticas del mundo.

El crédito fiscal actual del 25% fue uno de los pilares de la Ley de Chips y Ciencia (CHIPS and Science Act) de 2022, una legislación bipartidista diseñada para revitalizar la capacidad de fabricación de semiconductores en el país. El hecho de que la nueva administración proponga no solo mantener, sino ampliar este beneficio, subraya la continuidad del consenso en Washington sobre la necesidad de asegurar la cadena de suministro tecnológica.

Empresas como Intel, que está invirtiendo miles de millones en nuevas fábricas en Arizona y Ohio; la taiwanesa TSMC, que construye una planta de vanguardia también en Arizona; y Micron Technology, con planes de expansión en Nueva York, son las candidatas directas a beneficiarse de esta generosa política fiscal si finalmente se convierte en ley.

El contexto geopolítico: la carrera por la soberanía tecnológica

Para entender la magnitud de esta medida, es fundamental mirar más allá de las cifras y analizar el tablero geopolítico. Los semiconductores, o chips, son el cerebro de casi todos los dispositivos electrónicos modernos: desde teléfonos móviles y ordenadores hasta vehículos, electrodomésticos y, de manera crucial, sistemas de inteligencia artificial y armamento avanzado. Durante décadas, la fabricación de los chips más sofisticados se ha concentrado en Asia, especialmente en Taiwán, hogar de TSMC, el mayor fabricante por contrato del mundo.

Esta dependencia ha sido identificada por los estrategas estadounidenses como una vulnerabilidad crítica. Cualquier interrupción en esa región, ya sea por desastres naturales, tensiones geopolíticas o un conflicto militar, podría paralizar la economía global y comprometer la seguridad nacional de Estados Unidos. Por ello, tanto la administración anterior como la actual han hecho de la «soberanía tecnológica» una prioridad absoluta.

El objetivo es claro: incentivar a las empresas, tanto nacionales como extranjeras, a construir y operar plantas de fabricación avanzadas (conocidas como «fabs») en territorio estadounidense. Un crédito fiscal del 35% no solo reduce drásticamente el coste de estas instalaciones, que pueden superar los 20.000 millones de dólares, sino que también envía una señal inequívoca al mercado global: Estados Unidos está dispuesto a competir agresivamente por el liderazgo en la producción de semiconductores.

La otra cara de la moneda: el impacto de las restricciones a China

La propuesta de aumentar los créditos fiscales no puede analizarse de forma aislada. Se enmarca en una estrategia de doble filo que, por un lado, fomenta la producción local y, por otro, busca frenar el avance tecnológico de su principal competidor, China. En los últimos meses, Washington ha endurecido las restricciones a la exportación de chips de inteligencia artificial de alto rendimiento y el equipamiento necesario para fabricarlos.

Si bien estas medidas están diseñadas para limitar las capacidades militares y de vigilancia de Pekín, han tenido un impacto económico considerable en las empresas estadounidenses. La propia fuente de TechCrunch califica este efecto como un «golpe sustancial en los ingresos» para múltiples fabricantes. Por ejemplo, Nvidia, líder indiscutible en chips para IA, ha advertido que espera perder miles de millones en ingresos (una cifra equivalente a miles de millones de euros) debido a la necesidad de obtener licencias para vender sus productos en el mercado chino.

De manera similar, su competidora AMD asumió un cargo extraordinario de 800 millones de dólares (aproximadamente 744 millones de euros) por el mismo motivo. Visto desde esta perspectiva, el aumento del crédito fiscal puede interpretarse como una forma de compensar a la industria por las pérdidas derivadas de acatar la agenda de seguridad nacional del gobierno. Es una manera de alinear los intereses corporativos con los estratégicos, asegurando que las empresas tengan un incentivo económico para reorientar sus operaciones hacia el mercado interno y los de sus aliados.

¿Qué significa para la industria y cuáles son los próximos pasos?

Si el proyecto de ley supera todo el proceso legislativo —que tras su aprobación en el Senado requiere el visto bueno de la Cámara de Representantes y la firma final del presidente—, el impacto podría ser transformador. Un crédito del 35% haría que la construcción de «fabs» en Estados Unidos fuera considerablemente más atractiva desde el punto de vista financiero, acelerando proyectos ya en marcha y posiblemente motivando nuevos anuncios de inversión.

Para la industria, esto supondría una mayor seguridad en la planificación a largo plazo y un alivio en sus balances, especialmente para aquellas empresas que invierten fuertemente en I+D y en la construcción de infraestructuras de capital intensivo. A largo plazo, podría contribuir a crear un ecosistema tecnológico más robusto en Estados Unidos, completo con cadenas de suministro locales para materiales y equipos, y una fuerza laboral altamente cualificada.

El mundo observará de cerca. Otras regiones, como la Unión Europea con su propia Ley de Chips, también compiten por atraer inversiones en este sector. Un movimiento tan audaz por parte de Estados Unidos podría intensificar esta competencia global, obligando a otros gobiernos a revisar sus propios paquetes de incentivos. La carrera por dominar la tecnología del futuro se está librando en muchos frentes, y el fiscal es, sin duda, uno de los más importantes.